En esta línea temporal, Roma cayó siglos antes.
Un sol primaveral quemaba la calva del cura y de los asistentes y la banqueta parecía querer derretir las suelas y nada parecía indicar que este año sería diferente, pero lo sería, este año seríamos testigos de un espacio alterno del multiverso, donde Roma cayó casi cinco siglos antes.
Turistas curiosos, vecinos, feligreses y reporteros asoleados y fastidiados se arremolinaban en torno a una de las múltiples representaciones simultáneas de la pasión y muerte de Jesucristo, igual a la de todos los años, sangrienta, violenta, patética.
Tronaban los látigos y sonaban las chanclas con suela de madera, gritaban los falsos romanos como lo ensayaron desde siempre pero en el rostro de Jesús chispeaba un destello de hartazgo.
-¡Quiten a esa mujer!- gritó un supuesto romano cuando una falsa María lloraba junto al Jesús caído, doblegado ante el peso de la cruz.
Otros soldadetes jalaron a la supuesta madre, apartándola, ante la mirada de los celulares del público, los únicos sorprendidos eran los niños, algunos estarían viendo la representación por primera vez, mirando y aprendiendo.
Tortura, misoginia y pena de muerte ¿Apología del delito, historia o religión? Si esto estuviera en una canción o en un bailable no le gustaría al Señor Gobernador.
Fue entonces que la chispa se convirtió en fuego y la fuerza divina invadió los músculos ateridos del falso Jesús, quien hasta ahora chorreaba sudor, apatía y hastío, y un poquito de sangre, en una rodilla y un dedo del pie, donde se había herido al tropezar falsamente.
De pronto, se convirtió en un Jesús rebelde y el entrenamiento de meses en la parroquia y la abstinencia voluntaria de la cuaresma, el ayuno y la reducción de carne roja rindieron fruto, estaba fuerte, más fuerte que nunca. Blandió la cruz y empezó a asestar cruzazos a diestra y siniestra, a moros y cristianos, arremetió contra los romanos y uno que otro curioso que estorbaba a su paso.
Como el sol estaba potente, un entusiasta le hizo llegar unos lentes oscuros, se convirtió en un verdadero Jesucristo superestrella y algunos presentes se sumaron al caos, derribando a su paso los puestos de tepache y frituras, cual su líder hiciera en el templo y gritando: «¡hoy no te salvarás, Barrabás!» y «este Jesús no muere en la cruz».
Un perrito solidario los acompañaba con visible satisfacción y recogía las esquirlas del desastre: chicharrones, cueritos, pan dulce, gazpacho.
Corrieron los niños, corrieron los feligreses, se refugió el cura y quedó la prensa y uno que otro valiente, documentando cómo por primera vez en más de dos mil años se representaba una línea temporal diferente, una en donde no valía la pena morir por nuestros pecados, una donde los superpoderes divinos le dieron su merecido a los malvados en esta vida y el Imperio Romano cayó más de 400, casi 500 años antes, donde no hubo lenguas romances, donde tal vez nunca descubrirían América porque no había reyes católicos que financiaran a Colón…
Entonces desperté.
No sé si fue un golpe de calor lo que me hizo alucinar, si simplemente dormité recargado en un poste o si sería un efecto retardado de la gomita que me comí antes de salir a cubrir por enésima vez el famosísimo viacrucis de la Juárez, que año con año nos mandan a cubrir como si esta vez la historia fuera a ser diferente, como si hubiera suficientes palabras en el idioma español para volver a contar la historia una vez más.
No hubo línea temporal alterna, perdonaron a Barrabás, Jesús murió la cruz y todo eso (unas cinco veces hoy, al menos en Morelia). Bostezando, regresé a la casa para destapar una caguama y esperar a la siguiente cobertura innecesaria: la Procesión del Silencio.
